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Grimoire Nier, traducción de Pinyol Villalba
Y no quedó ninguno (And Then There Were None ver.1.00), de Jun Eishima; concebido por Yoko Taro y Cavia; traducida libre pero fielmente por Pinyol Villalba, a partir de la traducción oficial al inglés de Casey Loe.
Suena la flauta y se abre el telón,
Hamelín busca a su flautista; la humanidad busca su salvación.
Estoy en un recinto sin ventanas ni puertas.
Es muy grande y la luz llega a todos sus rincones. Aunque no parece manar de ninguna fuente, a todas luces, viene del techo. Todos a mi alrededor parecen tener mi misma edad; diferentes razas. Cuento nueve hombres, incluyéndome a mí mismo, y cuatro mujeres. Algunos siguen fuera de combate, otros parecen listos para él. En el suelo, hay un libro delante de cada uno.
¿Qué ha pasado? ¿Qué hago aquí, siquiera?
Me siento mareado. Drogado. No suele ser buena idea levantarse tan de repente en situaciones así; llevo la mano a la pistola mientras escudriño la estancia con la mirada. Pero no está, lo cual apenas me sorprende. No hubiera tenido sentido secuestrar a alguien y dejarle con su arma, al fin y al cabo. Pero mis secuestradores no se han quedado allí, al contrario: Me han quitado hasta el alambre que tenía entretejido en los dobladillos de los pantalones y los explosivos escondidos en la suela del zapato. Han encontrado todo cuanto llevaba, y por eso sé que me ha secuestrado la misma organización a la que pertenezco.
Sabía que algo así iba a pasar cuando empezaron a hablar sobre aquella «misión secreta» con tan mala pinta que, se suponía, era libre de aceptar o rechazar según quisiera. Pero no solo ofrecían una increíble cantidad de dinero, sino también la baja definitiva una vez acabara la misión. Por fin podría darle las buenas noches a esta mierda de día a día... Solo un idiota rechazaría tal promesa; o quizás un sociópata desquiciado que de verdad disfrutara al matar.
Bueno, estaba claro que la tarea no iba a ser sencilla. No con semejante recompensa tras la línea de meta. Supuse que sería el tipo de misión al que envían a cien y quizás vuelve uno. Por no decir uno de mil. Solo ofreces una compensación así si tienes claro que no vas a tener que pagarla. Y, aun así, a sabiendas de todo ello, aquí estoy. Solo pensarlo me entra la risa.
Una voz interrumpe mi recuerdo. Al dirigirle mi atención, veo un hombre; le debo sacar uno o dos años. Por desgracia, parece ser de otro país, así que no puedo hacer más que negar con la cabeza en respuesta. Parece entenderme; no me intenta decir nada más.
El grupo del que formo parte es una organización multinacional, pero la mayoría de sus miembros solo conocen su lengua materna; no hay tiempo para estudiar otros idiomas. Apenas salimos de nuestro décimo aniversario, nos meten a entrenar día y noche para el combate. La mayoría apenas sabemos leer y escribir en nuestro propio idioma, mucho menos en un segundo. Bueno, algunos bilingües hay en la organización ―algunos cuyos padres son de países diferentes, otros que nacieron en un lugar, pero crecieron en otro...―, pero no son más que la excepción que confirma la regla.
Por curiosidad, saludo en mi lengua natal al hombre frente a mí. Niega con la cabeza en respuesta y la mujer a su lado también. Parece estar algo mareada, por no decir bastante grogui. Para algunos el sedante dura menos, para otros dura más. Por regla general, los suyos, los lentos, los últimos en despertar... son los primeros en morir.
De repente, la mujer me clava la mirada, sus pupilas se dilatan.
Vaya, interesante... ¿Quién demonios es? ¿A quién me recuerda? Mientras lo intento recordar, ella intenta ponerse de pie sobre sus piernas temblequeantes, pero cae. Y al caer ella, quizás por su torpeza, quizás por el ruido sordo contra el suelo, caigo en el recuerdo que se me escapaba.
―Sobreviviste, ¿eh?
La mujer, que es de las pocas políglotas de la organización, asiente mientras se vuelve a poner en pie. Su madre debe ser compatriota mía; los niños jamás olvidan el idioma de sus madres.
―Me alegra ver que tú también.
―Pues claro que sobreviví. ¿Pero tú? Eso sí que es una sorpresa.
Nos conocimos hace tres años. Ambos fuimos parte de la Decimotercera Cruzada, una ofensiva a gran escala contra la Legión. En un principio nos habían asignado a unidades diferentes, pero una vez empezó la batalla quién pertenecía a qué unidad dejó de importar una mierda. Y sí, claro, la guerra siempre es así, pero esa fue particularmente mala.
A mis dieciséis años ―que tenía entonces― ya era un veterano curtido por la batalla. Aun así, la cara o cruz de una moneda hubieran acertado mejor que yo, o cualquier otro, la nada desdeñable probabilidad de morir aquel mismo día. Y encima, en medio de todo el caos, voy y veo a la zopenca esta, de piedra ante uno de la Legión. Sin saber tampoco cómo reaccionar, la derribé hacia delante y le prendí fuego a todo cuanto quedó atrás. No porque me creyera ningún héroe, ojo, no fue un gesto noble. Solo que los soldados somos un recurso valioso y tenemos que cuidar los unos de los otros. O, dicho de otra forma, no podemos dejarnos desperdiciar.
La cosa es que, lo creas o no, la zopenca esa tenía mi edad, pero, a diferencia de mí, la habían arrojado al campo de batalla sin los años de entrenamiento necesarios. ¿Cómo no iba a quedarse en shock al verse cara a cara con uno de la Legión?
La cosa es que los de la Legión parecen humanos porque una vez lo fueron. El síndrome de cloración blanca mata a casi todos los que la contraen, y los pocos que sobreviven a ella se convierten en estos monstruos psicópatas. Pero su agresividad está lejos de ser la razón principal de la desesperación por erradicarlos; el problema es que aún son contagiosos, lo que significa que uno solo de ellos podría desatar un nuevo brote. Ya llevamos tres años sumidos en esta extraña pandemia y seguimos sin tener ni idea de cómo curarla. Supongo que todo empezó por aquella gigante blanca que apareció y... ¿que ni siquiera es de este mundo? Ni idea, pero por ahí van los tiros.
Por lo menos, aunque no tengamos cura, sí que tenemos la luciferasa, una medicina capaz de proteger al usuario ante la enfermedad. El problema es que nadie ha conseguido producirla en masa. Además, parece que solo funciona en niños; y cuanto más jóvenes son, más efectiva es.
En resumidas cuentas, por eso estamos aquí. Se alista a los niños más fuertes, se les da la poca luciferasa que hay y se les envía a luchar contra la Legión. La organización Hamelin es el grupo internacional que se encarga de entrenarles y desplegarles sobre el terreno. Se llama así por el cuento del flautista de Hamelín, que cautiva los niños y se los lleva de su hogar, por lo que el nombre me parece tan adecuado como de mal gusto.
―¿Y bien? ¿Qué haces aquí?
―Me dijeron que era una misión de alto secreto.
―«Compensación alta, baja definitiva, completamente libre de aceptar o rechazar», ¿verdad?
Por un segundo, parezco tomarla por sorpresa, pero no tarda en darse cuenta de que a los dos nos han cautivado con la misma canción. Me cuenta que, hasta ese día, tres años atrás, había ido a la escuela como una más, como si el mundo fuera normal. Lo lógico sería que fuera más espabilada que yo, al haber podido estudiar.
―Imagino que a todos aquí nos presentarían la misma oferta...
Asiento a medida que vuelvo a repasar la sala con la mirada. Es un grupo diverso de participantes, elegido, seguramente, para representar un amplio abanico de nacionalidades. Está claro que yo y la chica somos los únicos que nos hemos logrado comunicar.
―Supongo ―sigue― que nadie la pudo rechazar.
Ah, no, en eso tiene toda la razón. Cualquiera que haga lo que hacemos haría cualquier cosa por dejar esta vida atrás. Es decir, somos asesinos en masa, las cosas como son. Como no, nos dicen que nuestros enemigos son monstruos sin intelecto, pero no por ello dejan de parecer personas ―y nuestro trabajo consiste en quemarlos vivos.
Sip. Los quemamos. La cosa es que la sangre y saliva de las víctimas del síndrome de cloración blanca pueden transmitir la enfermedad, se supone, por lo que no quieren balas esparciendo fluidos contagiosos por todos lados. De hecho, tenemos orden de no disparar a menos que sea necesario y ―ya que ninguno queremos inhalar nada peligroso― es una orden que obedecemos con gusto. Aun así, no sienta bien ver algo que parece humano arder hasta morir envuelto por las llamas. Apenas tenía diez años cuando le prendí fuego a uno de la Legión por primera vez y, nueve años después, aún no me he acostumbrado. Cada vez es tan terrible como la primera.
―¿Y bien, qué crees que son esas cosas? ―pregunta la mujer señalando el tomo a su lado―. Parecen libros, pero no se abren.
Los libros de los que habla son gruesos; sus cubiertas de gris oscuro, casi negro, sin nada escrito en ellas. Sin darle más vueltas, recoge el suyo e intenta abrirlo.
―¡Eh, para! ―grito―. ¡No lo toques!
Al instante suelta el libro como si le quemara en las manos; yo resoplo sin esconderlo. En cuanto a esto, la chica no ha cambiado nada en los últimos tres años. Pasa que, tras salvarla, estuvimos un tiempo atrapados el uno con el otro. Al ver lo verde que estaba, no la podía abandonar, así como así, a su suerte. Suerte que aprendía rápido, eso sí. Solo con algún consejo aquí y allá era capaz de seguirme el ritmo. Y era dura de pelar. De no haberlo sido, no la hubieran reclutado a los dieciséis; da igual lo bien que respondiera a la luciferasa.
Cuando llegó el momento de seguir cada uno por su lado, supuse que no la volvería a ver, y menos aún con vida. Suponer era lo fácil. Saber si el otro estaría vivo era lo imposible, una vez acabara la batalla.
Llegado cierto punto, la Legión nos rodeó. La única manera de salir de allí con vida era salir de estampía en diferentes direcciones con la esperanza de que alguno lo consiguiera. Al tener más posibilidades de sobrevivir y ser de más valor para la organización, lo lógico era tomar yo la vía más segura y ponerme a salvo. Sin embargo, me arrojé directo a la boca del lobo. Fue como si algo me poseyera; no sabría explicarlo de otra manera. La verdad es que me hace sentir incómodo cada vez que lo recuerdo, así que normalmente lo evito hacer.
―No puedo creer que sobrevivieras ―le digo―, tuviste suerte.
Ella lo niega con la cabeza.
―Estoy viva porque me cubriste la huida.
―No era la intención. Solo tomé una mala decisión y ya está.
Su boca se vuelve a abrir para responder, pero en vez de oírla a ella, oímos la discusión cada vez más acalorada de un hombre y una mujer en un rincón de la estancia. Eso parece al principio; que discuten, que han encontrado a alguien que habla el mismo idioma, pero pronto queda claro que no es el caso. No sé por qué ―seguro que por alguna ofensa trivial― pero están muy cabreados y no paran de echarse la bilis el uno sobre el otro, en idiomas que el otro no puede entender.
Al final, la mujer se harta y le cruza la cara de una bofetada. El hombre la agarra entre gruñidos. Nadie interviene. A todos nos han entrenado para enfrentarnos a la Legión mano a mano, sabemos lo peligroso que sería meterse en medio.
De repente, el libro a los pies de la mujer se abre de par en par. No lo había tocado, ni tan solo lo había pateado sin querer ―de repente se abre sin más. Y al hacerlo, una gigantesca mano negra emerge de sus páginas, agarra el hombre con el que discutía y lo aplasta hasta matarlo. Veo la confusión en su última mirada, no lo puede creer, ni él ni tampoco ella, a juzgar por su equivalente expresión.
Tras un segundo, el libro ante el hombre empieza a emitir una brillante luz. Me supongo que se avecina otra mano, pero en su lugar el libro lo absorbe entero. Tan pronto como desaparece el cadáver entre sus páginas, la luz desvanece de ellas. La portada del libro pasa del gris negruzco a un brillante azul y una especie de patrón se dibuja en la portada; un patrón inquietante, que se asemeja a una cara humana.
La conmoción deja la sala en silencio; silencio que dura poco, que pronto desata el tumulto.
―¿¡Qué ha sido eso!? ―grita la mujer a mi lado.
―¿¡Y qué coño sé yo!? ―respondo y alcanzo mi copia del libro. Si bien, de entrada, había tenido mis dudas respecto a tocar algo que no entendía, ahora las cosas han cambiado; necesito averiguar todo cuanto pueda de esta cosa.
No hay ni palabras ni ilustraciones en la portada, ni siquiera rasguños ni marcas, y tampoco parece ser de papel; no de ningún tipo con el que esté familiarizado. Además, como mi compañera había descubierto, está sellado, como si las páginas estuvieran pegadas las unas con las otras.
―Pero... ¿qué ha hecho para que se abriera? ―pienso en voz alta.
De repente, como si me respondiera ―o se riera de mí― un altavoz oculto empieza a reproducir a todo trapo el mismo mensaje, en trece idiomas a la vez. Al principio parece una cacofonía, pero una vez ubico la voz que habla en el mío, logro seguirla hasta el final. Es un anuncio importante, pero está lejos de serme útil.
SE OS HA DADO UN GRIMORIO MÁGICO A CADA UNO. USADLOS PARA MATAR A LOS DEMÁS. SOLO DOS SALDRÉIS CON VIDA.
Ese es el mensaje completo, y se repite una y otra vez. No dan ni más explicaciones ni nada más. Solo el mensaje.
―«De alto secreto» mis cojones...
Como si lo escupiera, el exabrupto sale de mi boca; mis ojos vuelven a escudriñar cada rincón. Pero no, no hay puertas, no hay ventanas; no hay escapatoria. Si quiero sobrevivir, tendré que luchar. Tampoco tendría sentido encarnizarse en una pelea sin ton ni son, todos contra todos y a la vez en un lugar así; no saldrían dos con vida. En el mejor de los casos saldría uno; como podría no salir ninguno. Fuera como fuera, no iba a ser yo quien diera el primer paso.
La mujer de la esquina intenta alcanzar su libro, pero un hombre a su lado es más rápido. Le rodea el cuello con las manos y se lo tuerce. Se oye un crujido leve; se desploma. Un problema menos.
Asumo que el asesino será el siguiente en morir; matar a alguien te hace vulnerable. Tal y como esperaba, dos hombres se abalanzan sobre él por detrás. Golpean a la vez, pero no porque se hayan puesto de acuerdo, sino porque entienden que es la estrategia más efectiva.
Pero no son ellos quienes lo matan. A medida que el libro de la mujer absorbe su cadáver, la cara de él se retuerce en una expresión de angustia. De repente, colapsa al suelo y su libro lo absorbe también. Pronto, donde había dos personas convertidas en problemas, quedan dos problemas convertidos en libros: uno con la portada de verde jade, el otro de ámbar. Me fijo en ellas y veo patrones como extrañas caras emerger en las portadas.
―Usad los grimorios... ―murmura la chica a mi lado.
Y al entenderla a ella, empiezo a entenderlo todo. Habían reconocido a la chica que había usado la mano negra del libro como vencedora legítima, pero no al hombre que la ha matado con sus propias manos. Por eso a él se lo han cargado ellos mismos.
―No hay más preguntas, señoría...
Había hecho bien en esperar, y ella había hecho bien en seguir mi ejemplo. Ahora sabemos las normas y podemos controlar mejor la situación. El problema es que sigo sin tener ni idea de qué hacer con el libro. Es decir, ¿cómo demonios voy a empezar a hacer magia, así de la nada?
Una sonrisa nerviosa se forma en mis labios. No es porque nada me haya hecho gracia, nada me la hace ahora mismo, mucho menos aquí. Pasa que empiezo a darme cuenta de que estoy aturdido; estoy fuera, no sé qué hacer. Incluso la primera vez que me enfrenté a la Legión logré mantener una cierta, frágil calma. Sabía que mientras no olvidara mi entrenamiento, acabaría encontrando la solución. ¿Pero, ahora? Ni frágil ni nada. No he entrenado nunca para esto, ¿cómo voy a encontrar una solución? Joder, que acabo de ver morir a tres personas delante de mis narices por libros...
Solo pensarlo me entran ganas de coger mi copia y reventarla contra el suelo, pero antes de que pueda, alguien me coge del brazo.
―Cuánto me alegro de que puedan quedar dos... ―dice la chica― significa que no hace falta que nos enfrentemos. ¡Tenemos suerte, podemos sobrevivir los dos!
No sé si llamaría a nada de esta situación «tener suerte», pero ella me sonríe igual. Y no con mi media sonrisa de alguien a quien se le está empezando a ir la cabeza, sino con una sonrisa sincera, de corazón.
―Así que tranquilo ―continúa―, el resto van solos, nosotros somos dos. Antes lo averiguarán dos cerebros juntos que cada uno de los otros por sí solos.
Puede que tenga razón. Tener un aliado con el que comunicarse podría ser un arma muy poderosa en una situación así.
―Bueno... razón no te falta. Eso sí, no soy ninguna lumbrera.
Pone su mano en la tapa del libro tras una risita breve que pronto desvanece al examinar el indivisible bloque de páginas y dice:
―La mujer estaba enfadada y, también, a punto de morir. La mano negra debe estar conectada a alguno de estos dos factores.
O quizás a los dos, pero aun así... Tener que estar a punto de morir para que funcione esta cosa es una valla demasiado alta. Valla que, en todo caso, habríamos saltado ya, en el momento en el que nos han ordenado matarnos unos a otros.
―En tal caso, quizás...
Levanta la cabeza, como si se le acabara de ocurrir algo, pero el entusiasmo pronto abandona su rostro y da paso a un frenesí por el que no me da tiempo a preguntar. Al instante, su cuerpo se abalanza sobre el mío.
Siento el impacto en mi espalda; caigo al suelo. Caigo y veo como vuelan gigantescas lanzas negras; veo como le atraviesan el cuerpo. Todo los sonidos y ruidos desaparecen. Debe haber visto los proyectiles por encima de mi hombro y por eso me ha empujado a un lado. Quizás no quería más que devolverme el favor de hacía tres años. Quizás quería algo más.
Me arrastro a su vera, preso del pánico, al ver el libro iluminarse. Si no hago nada, el libro la absorberá y desaparecerá para siempre. La tomo de la mano con fuerza y empiezo a tirar de ella.
―¡No te vayas! ¡No te vayas de mí!
Sus labios tiemblan. ¿Qué? Habla. ¿Pero qué dice? Habla en su lengua materna, y yo no soy bilingüe como ella, no la entiendo. Ni siquiera sé cómo se llama. Nunca pensamos que nos volveríamos a ver; nunca nos llegamos a presentar.
De pronto, su peso escapa de mis brazos. Las manos a las que me aferraba con tanta fuerza ya no están ahí, se me escurren entre las manos como agua. Todo lo que queda es un libro de un profundo color rojo carmesí, reminiscente de la sangre. La cara que aparece en la cubierta no se parece en nada a la suya.
El mundo desvanece. Se torna blanco. Grito. Solo... grito. Letras extrañas de una escritura que nunca había visto se me aparecen y me llenan la visión, dibujando y desdibujándose de mi córnea. Pero no hago más que gritar.
Y no paro hasta que, de repente, vuelvo a oír. Oigo chillidos, luego gemidos. Incontables lanzas negras emergen del suelo. Mareado, mis ojos recorren el recinto. Nos han empalado a todos a la vez. La extraña escritura persigue mi mirada allá donde miro, como si fuera parte de ella, y hace que todo parezca irreal. Cuando por fin se va, veo a un hombre de pie, en el otro extremo de la sala. Lleno de orgullo, coge el libro con fuerza, contento por su aparente victoria. Asumo que las lanzas vinieron de él, igual que supongo que la extraña escritura es la razón por la que vivo.
Estoy vivo.
Pero estarlo no me hace feliz. No existe impulso en mi interior que me lleve a sonreír victorioso como el hombre al otro lado, frente a mí. No es por que tenga deseo alguno de llorar los muertos a mi alrededor. Sinceramente, nada me importa ya.
De repente, veo luces brillar por el rabillo del ojo. Dos libros se han iluminado: el del claro vencedor de todo esto y el mío. El otro hombre grita algo, su voz gruesa de desesperación. Imagino que dice algo como: «¡Eh, que somos los dos últimos, se supone que podemos salir de aquí con vida!». La cosa es que la voz había prometido que dos saldríamos con vida, pero ni de qué forma ni en cuál.
Bueno, me lo suponía. Los mandamases de nuestra organización no son buena gente. Mienten al decir que la luciferasa nos protege del síndrome de cloración blanca. Lo único que hace es retrasar la aparición de los síntomas; no los para. Y ahora nos habían mentido y usado a todos otra vez. Otra vez, como cuando nos daban una medicina incapaz de protegernos y nos soltaban en la boca del lobo, a merced de su hambre por nuestra carne de cañón.
Los niños que el flautista se había llevado, tarde o temprano, iban a enfermar y morir; ya no iban a volver. Y si volvieran lo harían como monstruos que tampoco tardarían en morir. Y ahora esto de los libros... seguro que es otro más de sus experimentos con humanos. Nuestros destinos se sellaron en el momento en que nos reunieron aquí. Nunca hubo opción para dos, ni salida para uno ni victoria para...
Por fin, cesan los gritos del hombre y veo una cara emerger de la cubierta azabache de su libro. La cara se parece a la de él tan poco como la del libro carmesí se parece a la de ella, al menos a mi parecer. La razón por la que no estoy seguro es que a mí también me absorbe mi libro. En cuanto al color que tomará, no lo podré ver, pero...
Ah. Blanco. Parece que soy el libro blanco: «Grimoire Weiss».
Dios, que nombre más estúpido. Todo es tan ridículo que no puedo sino reír. ¿Acaso así empieza una nueva farsa? Y, en tal caso, ahora que ya tenemos todos nuestras nuevas caras, ¿qué papel se supone que debemos interpretar en ella? Ni idea. No puedo parar de reír.
Si te han gustado mis traducciones considera apoyarme con una donación. También puedes dejar tu opinión en la caja de comentarios al final de la página. Si hubiera suficiente interés, traduciría el resto de historias del libro :)

La flor de piedra (The Stone Flower ver.1.00), de Jun Eishima; concebido por Yoko Taro y Cavia; traducida libre pero fielmente por Pinyol Villalba, a partir de la traducción oficial al inglés de Casey Loe.
La humanidad espera; su sacrificio desespera.
El carmesí aflora en las miradas enajenadas.
Mis sueños vespertinos siempre son cálidos y radiantes.
Sueño con mi gatito acurrucado a mí. Con jugar al pillapilla en el jardín. Sueño con montar a caballito sobre papá, con las galletas recién salidas del horno de mamá y con las plantas del huerto, cada una en su lugar. Son sueños que no tienen nada que ver con los que tengo en plena noche o al amanecer. Sueños muy vívidos sobre recuerdos que en mi vigilia no logro recordar. Recuerdos que se fueron hace tanto tiempo que ya solo los recuerdo al soñar.
Cuando duermo por la tarde es todo tan... extraño...
Ya hace dos años de los acontecimientos en los que sueño ahora. Papá y Mamá ya no están; murieron en un accidente. Puede que el gatito siga vivo, pero está claro que ya no es un gatito. Quién sabe qué otra familia vivirá en la casa, o quién cuidará de su huerto con cada planta en su lugar. Todo lo que me queda es Emil, el chico con el que jugaba al pillapilla en el jardín. Es mi hermano mellizo, y la única persona que ha estado siempre a mi lado a lo largo de estos largos diez años.
―¿Estás despierta, Halua?
―Ay, Profe...―respondo y le presto atención.
Los cálidos recuerdos se desvanecen, y ya no tengo ni idea de en qué soñaba.
―¡Madre mía, estás llena de sudor! Parece que es hora de cambiar este edredón por una sábana más ligera y veraniega―.
La Profe saca un pañuelo de su bolsillo y limpia la transpiración de mis cejas y cuello. Luego se apoya en mi lado de la cama para alcanzar a Emil, que duerme a mi lado. «Despierta, Emil. Es la hora de tu sorpresa especial».
―¿Qué toca hoy? ―pregunto.
―Galletas del alfabeto y cacao ―responde.
¿Otra vez? Siempre son o galletas del alfabeto, o galletas de arroz o bizcocho esponjoso. Pero, claro, una residencia como esta no es lugar en que una madre pueda cocinarte una nueva sorpresa cada día. Fue estúpido por mi parte preguntar siquiera. O sea, un niño nunca le dirá que no a un dulce, ni tampoco a un... salado, entre horas. Así que llámalo a todo «sorpresa especial» y la sorpresa será bienvenida, ¿no? Los adultos aquí creen tenernos calados. Hace tiempo que aprendí a no darle importancia e interpretar el papel de niña agradecida.
Pero, al contrario que yo, Emil aún se comporta como un niño. Como siempre, ordena las galletas en su plato y pondera sobre cuál comerse primero. Una vez ha decidido, la coge, se la mete entera en la boca y mastica alegremente. No son ninguna ambrosía, pero si vieras a Emil zampárselas, pensarías que son tan deliciosas como las que mamá solía hacer. Por alguna razón, hoy me ha irritado más que de normal, así que decido darle una buena bronca de hermana mayor.
―No juegues con la comida, Emil.
―¡Ay, venga ya!
―Además, lo has escrito mal. Va con «E».
En este centro todas las clases son en japonés en vez de en nuestra lengua materna. De hecho, hace más de dos años que no hacemos una clase en nuestro idioma nativo, así que no es de extrañar que Emil empiece a olvidar cómo deletrear ciertas palabras.
―Mira, te lo arreglo. ―Cojo una galleta en forma de «E» de mi plato y la pongo en el suyo. La boca de Emil se transforma en una sonrisa de oreja a oreja.
―Eres una hermana maravillosa, Halua.
La Profe me sonríe desde detrás de la taza. A la hora de la merienda siempre se sienta a hablar con nosotros mientras se toma el café. También come y cena con nosotros, nos cuenta cuentos para dormir y nos despierta cada mañana, tal y como haría una madre de verdad.
―¿Sabéis qué? ―dice de repente― yo era hija única, y no puedo evitar teneros un poco de envidia...
¿En serio?, ¿lo dice de verdad? Cada día en este centro es tan aburrido como el anterior y hace ya como dos años que no salimos al aire libre. ¿Qué podría envidiar de una situación así?
A ver, es que este lugar es, cuanto menos, raro. Siempre me ha encantado leer, y leyendo he aprendido que los niños sin familia van a orfanatos; y también sé qué pinta debería tener uno: Son grandes, parecidos a una escuela, tan llenos de niños que tienen filas y filas de camas en cada habitación, y todos comen juntos en ruidosos comedores.
Bueno, el primer edificio en el que estuvimos sí que estaba lleno de niños de nuestra edad, y sí que dormíamos seis en cada habitación y, también, comíamos juntos en un gran comedor. Lo más seguro es que fuera un orfanato de verdad, pese a que los niños de nuestra habitación no pararan de desaparecer y ser reemplazados por otros nuevos. Pero con el paso del tiempo se nos desplazó a otro edificio y nos dieron habitaciones privadas. En su momento, nos dijeron que era porque hablábamos otro idioma, pero, visto en perspectiva, no tiene mucho sentido. Es decir, ya hablábamos algo de japonés, y, además, como si aquí las clases sí que fueran en nuestra lengua...
Ah, y hablando de clases... También, raras. No son como las que teníamos en el cole. Solo nos sentamos frente a una máquina y respondemos preguntas sin que nadie nos enseñe nada. A veces las clases recuerdan más a juegos que a exámenes, como si lo único importante fuera que lo pasáramos bien. Tampoco hay otros niños; solo un puñado de adultos con las mismas batas blancas que la Profe. Sinceramente, cuanto más pienso en este lugar, menos sentido tiene.
Bajo de la cama de un salto y la Profe me mira inquisitivamente. La rodeo y hundo mi cara en su espalda.
―Mami... ―digo.
Noto su confusión convertirse en sonrisa. Se da la vuelta, se acerca la silla para sentarse ante mí y me abraza contra su torso.
―¿Qué pasa, cariño? ―me pregunta mientras me acaricia el pelo. En ese momento, sí que me recuerda a mamá, si bien solo un poquito.
―¡Eh, y yo qué! ―se queja Emil que parece querer su parte del pastel. La Profe se sonríe y le hace un gesto para que se una. Luego nos arropa en su abrazo.
Estás de nuestra parte, ¿no, Profe? No eres como el resto de los adultos. Podemos confiar en ti, ¿verdad?
Hundo la cabeza aún más en su bata de laboratorio planchada hasta la perfección. Huele un poco a medicamentos. El olor de mamá no tenía nada que ver con este y, a veces, me pregunto si esta es la razón por la que no acabo de fiarme de la Profe.
Otras veces sospecho que, de una manera u otra, en realidad es igual que el resto de los adultos.
―¿Tú me quieres, Profe? ―pregunto.
―Pues claro, Halua. Tanto a ti como a Emil, os quiero mucho.
Entonces sigue de nuestro lado. No nos traiciones. ¡Protégenos!
Restriego la frente contra su bata de laboratorio y me lo repito para los adentros hasta que mi voz interior se desdibuja en un ruido sin sentido ni final.
Tras nuestro control de temperatura rutinario, y un solo capítulo de un cuento para dormir, otro largo y lánguido día llega a su aburrido fin. A diferencia de mí, Emil parece disfrutar de verdad la vida aquí. Cuenta las nubes que flotan más allá de la ventana, toca y presiona teclas al azar del piano al rincón de nuestra habitación y garabatea una y otra vez los mismos dibujos y garabatos sobre el papel de dibujar. Ni le preocupa que este orfanato no sea como los de los cuentos ni teme que nada malo pueda pasar.
Su candidez tan dulce y absoluta me alivia y me preocupa por igual. Quiero que Emil sea feliz, pero entro en pánico solo con pensar en lo vulnerable que es a consecuencia de ella; la única opción que me queda es tener que velar constantemente por los dos. Lo ideal sería tener el registro de las clases que tomamos cada día, de lo que comemos y bebemos, de con quién hablamos y sobre qué. Tener el registro de todo, y en negro sobre blanco, para no olvidarme de nada. Pero no puedo; nos observan, lo sé.
Lo sé porque un día, poco después de que llegásemos a este lugar, fingí tener un problema en el ojo, a modo de experimento. Siempre que me quedaba sola en la habitación, gimoteaba y me frotaba el ojo izquierdo, pero cuando estaba con Emil o la Profe lo dejaba en paz. Al día siguiente me lo analizaron exhaustivamente; el mismo ojo izquierdo, el que solo fingía que me dolía cuando no había nadie conmigo en la habitación.
―¿Emil, estás despierto?
Somnoliento, de su boca solo salen balbuceos difusos, más sonidos que palabras con sentido. Abrazo su mano entre las mías. Cuando nos transfirieron aquí por primera vez, nos asignaron habitaciones separadas. Les dije que no podíamos dormir el uno sin el otro, pero no me creyeron. Todo fue a mejor cuando me oyeron llorar de noche, momento en el que nos dejaron, por fin, compartir una misma cama.
Ten cuidado, Emil. No te puedes fiar de los mayores.
Sin decirlo, lo pienso tan fuerte como puedo mientras aprieto su mano entre las mías. Ojalá pudiera decírselo telepáticamente. No lo puedo decir en voz alta; alguien, en algún lado, de alguna manera, nos escucha.
Hoy llevo inquieta desde que me he despertado y cuando la Profe dice que esta mañana, en vez de ir a la clase de la mañana, se nos hará un examen médico, la inquietud se convierte en terror. Nunca sale nada bueno de un examen médico aquí; los niños de los otros centros desaparecían justo después de ellos y, a nosotros, nos trasladaron aquí justo después del nuestro. Y hoy..., ¿otra vez, de verdad?, ¿van a separarnos ahora de la Profe?
―¿Qué pasa, Halua, no te encuentras bien?
La Profe clava su mirada en la mía; parece preocupada. Pone la mano en mi frente para ver si tengo fiebre, y se siente tan bien que quiero llorar.
―Profe, yo...
Casi le digo que no quiero que me envíen a ningún sitio, ni que me hagan nada, pero no logro convencerme de terminar la frase. Aún hay partes de mí que no confían en la Profe, incluso después de haberla llamado «mami» y dejar que me consolara. Solo es que no estoy segura de poderle confiar todos mis miedos y sospechas.
El examen médico empieza con un análisis de sangre; sin más. Solo duele un poco, y sabes desde el principio en qué consiste. Cuando me llenan el cuerpo de frías ventosas y me enchufan a una máquina, sin embargo, empiezo a perder la razón. Y cuando me meten en una extraña caja mecánica, lo único que pasa por mi cabeza es el ímpetu irresistible de arrancármelo todo y correr y gritar y escapar de este lugar. Mientras tanto, Emil sonríe y tararea como si estuviera en el mejor momento de su vida.
Justo cuando creo que no puedo aguantar un solo segundo más, el examen termina. Normalmente ahora nos envían de vuelta a la habitación, pero una vez me quitan todas las ventosas y cables, me hacen ir a la sala contigua sin siquiera dejarme cambiar el camisón. Y aún peor, me doy cuenta de que Emil ya no está. Dejo de caminar; todo esto me da muy mala espina. Una mujer con una bata blanca abre la puerta y me apremia a entrar de malas maneras, muy distintas a las de la Profe. Antes de que me dé cuenta, estoy en una gran estancia con extraños patrones en el suelo y las paredes. Hay una única silla en el medio y un grupo de adultos reunidos alrededor. Uno de ellos me dice que me siente y, antes de que pueda responder, otro me levanta y me sienta en ella. Es de metal; fría.
―No quiero asustarte ―dice uno de ellos―, pero hemos detectado una enfermedad muy seria durante el examen médico.
La voz es suave y plácida, pero no logro distinguir cuál de ellos habla. Llegado cierto punto, me vendan los ojos. Cuando me la intento quitar, me doy cuenta de que estoy atada de manos y pies también.
―Tenemos que hacerte una extracción quirúrgica antes de que sea demasiado tarde.
Miente. No me pasa nada. No me duele nada. Ni toso, ni tengo fiebre, ni me duele la barriga. Estoy bien.
―¿Dónde está Emil? ―exijo.
―Lo hemos enviado de vuelta a la habitación para prevenir que se extienda la infección. Está bien, te lo prometo. No te preocupes.
No, no, no... contagiarlo es lo que menos me preocupa. Necesito sacarlo de aquí; y ya. Grito su nombre a pleno pulmón hasta desgañitarme, pero al instante me siento profundamente descorazonada; ninguno de ellos intenta taparme la boca, lo que significa que desde fuera de la sala no se me puede, ni se me ha podido, oír.
Huelo algo; antiséptico. Y noto algo frío en el brazo, luego un doloroso pinchazo. Me han inyectado algo. Algo que logra acallar mis gritos por el momento; momento desde el que aprovecho para escuchar qué dicen los mayores.
―¿Cuál es este, el sexto? Me empiezo a cansar de desechar sujetos de pruebas.
―Estoy seguro de que todo irá bien esta vez.
―Si conseguimos conservar algo de consciencia...
Espera, ¿soy el sexto, la sexta, de qué?, ¿y qué se supone que pretenden conservar?
―Si ella no nos sirve, da igual, tenemos al hermano. Son mellizos, así que debería ser un sustituto apto.
Mi sangre pasa de fría a helada. Nos van a matar; van a matar a Emil.
Sálvanos, Profe. ¡Salva a Emil!
Tenue es la luz que emana esta única esperanza; tan tenue que la oscuridad no tarda en devorarla y luego aún menos en devorarme.
Oigo una voz que llama mi nombre. No es mamá, ni papá, ni Emil, ni la Profe, por lo que tiene que ser alguno de los mayores. Dios... estoy cansada de estas estúpidas clases. Al menos no son como los exámenes médicos, que...
Eh, ¡espera!, ¿no me habían hecho un examen médico hoy? Sí... y luego he vuelto a mi habitación y... ¡no, no he vuelto, no podía, no podía!
Los recuerdos vuelven a mí como rocas en avalancha. De un sobresalto, me incorporo y empiezo a recuperar el aliento. Sigo en el recinto con los patrones extraños en el suelo y las paredes, pero siento que hay algo diferente en ella, que algo ha cambiado.
―Halua, ¿me oyes?
Miro en la dirección de la voz, pero no hay nadie.
―Aquí.
Ahora viene de otra dirección, pero, otra vez, no veo a nadie. Parece que les puedo oír, pero no ver. Solo darme cuenta de esto, me doy cuenta también de lo que ha cambiado.
―¡Increíble, la intervención ha sido un éxito!
Ignoro las voces y miro abajo para ver cuán lejos está el suelo. ¡Cómo no iba a parecerme rara la sala! Mi primera intuición es que me han conectado a alguna otra máquina, mucho más alta. Me saca de mi error ver pies de esqueleto que parecen sacados de un libro de anatomía, brazos de color ceniza y un torso cuya forma no logro averiguar; está envuelto en algo.
¿Qué es esto?
Estiro el brazo para desenvolverlo y, de inmediato, me quedo congelada, porque en el momento en el que lo hago, aquellos brazos se mueven. Se mueven. Temblorosa, levanto las manos, y vuelven a ser aquellas las que lo hacen. Abro la palma de mi mano y doblo los dedos uno a uno, aquella lo vuelve hacer; copia cada movimiento que hago.
No. No, no y no. Es imposible...
La voz sin rostro vuelve a hablar, dice cosas como «Arma Experimental nº 6» y «esperanza de la humanidad» y demás sandeces, pero la ignoro. Intento ponerme de pie, pero no puedo moverme, y es solo entonces cuando, al fin, tomo consciencia: el envoltorio me envuelve a mí, y esta cosa... es mi cuerpo...
¡No! ¡no es posible! ¡NO LO ES!
Forcejeo enajenada y salvaje contra mis ataduras, lucho y lucho por zafarme y sacudo piernas y brazos tanto como puedo y las intento forzar. Hago todo cuanto puedo por escapar de este lugar; de este cuerpo. La voz sin rostro, omnipresente, cambia a un tono más reconfortante, pero me la suda.
¡Calla!, ¡cállate, cállate, CÁLLATEEEE!
Aporreo el muro con toda mi fuerza hasta que se empieza a agrietar por todos lados. «¡Alto, suficiente!», intenta imponerse la voz en pánico, pero no pienso obedecerla. Vuelvo a atizar la pared y el dolor y temblor me sacan de toda duda cuanta me quedara. Es mi cuerpo. Estos brazos y piernas monstruosos me pertenecen.
Levanto las manos temblorosas a mi rostro y la palpo con cuidado. Me doy cuenta de inmediato de que lo que me espera allí no es la cara a la que estoy acostumbrada; de hecho, puede que ni siquiera sea una cara. Lo único que tengo claro es que ya no soy humana.
No volveré a ver a Emil nunca más. Si me ve, huirá entre gritos; gallina como él solo.
Pensar en él me trae a la mente lo que había oído antes de la intervención, aquello de: «son mellizos, así que debería ser un sustituto apto». La persona de la bata blanca también había dicho que era «la sexta» y la voz de hace nada me ha llamado Arma Experimental nº 6. Todo indica que ya le han hecho esto a otros cinco niños, incluso podrían haber sido los que desaparecieron del otro edificio. De hecho, estoy segura de que separan del resto y trasladan a otro edificio a todos los niños que consideran aptos. Sin embargo, al parecer, soy especial. El primer éxito. Seré el prototipo para las futuras armas experimentarles, y que mi hermano mellizo sea tan apto como yo significa...
En la oscuridad de mis ojos cerrados, destellan y se clavan los de Emil; su rostro siempre cándido y obediente. Me doy cuenta de que tengo que salvarlo, aquí y ahora, y este único impulso me imbuye de un vigor desbocado; primitivo; salvaje.
Forcejeo hasta zafarme de mis ataduras y logro levantarme y ponerme de pie. De una patada, derribo la puerta al rincón de la estancia, pero mi cuerpo es demasiado grande como para pasar por una puerta de tamaño humano, así que aporreo el muro a su alrededor. Suenan alarmas. Persianas de metal se despliegan paredes abajo. Al intentar alcanzar una para pararla, una poderosa fuerza invisible me echa las manos atrás. Deben tener alguna propiedad especial que las protege, lo cual me recuerda que ahora soy un arma; un monstruo con el poder de demoler muros de piedra maciza.
Nadie sería tan estúpido como para crear tal cosa sin tomar precauciones; los animales salvajes deben estar encadenados en sus jaulas.
De repente, se apagan las alarmas y la sala se sume en el silencio; de repente, se apagan las luces y la sala se sume en la oscuridad. Convencidos de que me han logrado contener, parecen haber revocado la alerta roja. Vuelvo a coger la persiana metálica. Chispazo; azul. la fuerza invisible de antes me invade, me empieza a sobrecargar, me empiezo a desbordar. Pero no pienso rendirme. Protegeré a Emil cueste lo que cueste. ¡No la pienso soltar!
A medida que cada vez más partes de mi cuerpo chirrían y rechinan, un dolor agudo me lacera y me punza cada vez más desde dentro. El mundo se vuelve blanco y siento algo henchirse hasta explotar en lo más profundo de mi alma. Pero, una vez lo hace, me siento ligera como la brisa. La fuerza oponente se desvanece, puedo moverme con libertad y el mundo ya no es ni oscuro ni blanco cegador; recupera sus colores, o al menos los pocos que tienen lugar en la estancia.
Las estruendosas alarmas vuelven a sonar, y yo vuelvo en mí. He derribado el muro. Intento salir de la sala; paso, tras paso, tras paso; lenta, torpe, pesada. No hay nadie fuera que me intente parar; lo más probable es que creyeran que nunca conseguiría escapar, o incluso que ni siquiera podría deshacerme de las ataduras. Recuerdo el pánico en la voz cuando me ha ordenado parar.
En la entrada del pasadizo hay más cortinas de metal, pero comparadas con las otras, bien podrían haberlas hecho de papel. Las echo a tierra de una patada y sigo adelante. Debo destruir este centro y todo cuanto hay en su interior; es la única manera de evitar que conviertan a Emil en un monstruo. Debo borrar todo lo relacionado con el programa de armas experimentales.
Un violento poder brota en mi interior, cada una de sus ramas más poderosa que la anterior. Cuando lo desato, se manifiesta en afiladas hojas que cortan todo a mi paso. Una mirada a una pared invoca una bola de fuego que la reduce a cenizas. Solo con desear destruir algo de la más fascinante forma, pasa de verdad. Al perder mi humanidad, parezco haber ganado un poder inhumano. ¿Contra quién pretendían usarlo?, ¿y pensaban que dárselo a una niña obediente pondría tal poder en sus manos?
Adultos con batas blancas tropiezan y se apresuran por entre las ruinas para encontrar una salida, pero no les dejo. Uno tras otro, cojo a todos cuanto puedo y los exprimo hasta hacerlos pulpa como si fueran fruta podrida. ¿Pero dónde está Emil?, ¿y la Profe? ¿Y si se lo ha llevado a algún lugar seguro? No, no lo ha hecho. La Profe sabe lo que pasa aquí; y nos ha estado criando para que se nos pueda convertir en monstruos. Es solo una adulta más, igual que el resto, que interpreta el papel de cuidadora amable que se le ha asignado.
Al rodear una esquina, me la encuentro ante mí con esa bata blanca tan familiar y recuerdo cuanto ansiaba confiar en ella. Recuerdo lo feliz que me hacía oírle decir que me quería. Recuerdo mi regocijo al oír esa misma dulce voz, cuando nos leía cuentos para dormir.
Abre la boca. La cierra. La abre otra vez. Parece que dice mi nombre. Parece que pide perdón.
Pero no lo acepto.
Siento algo, la rabia su herramienta o mismísima identidad, arrojarme del trono de mi juicio; usurpármelo. Hecha trizas y destronada, caigo y me pierdo en lo más profundo de mi alma sin saber siquiera si aún sigue allí; sin saber siquiera si yo misma sigo en algún lugar. Descargo todo cuanto arde por salir de mí sobre ella. Su bata, otrora de un blanco impoluto, se convierte en una mancha roja en la pared.
¡Mentirosa, te odio!
Lloro. Grito. Ni ninguna lágrima se derrama, ni ningún sonido se oye, pero eso no hace que pare. Llega un momento en la tormenta de rabia y devastación en la que me he convertido en que veo mi cabeza reflejada en un trozo de cristal templado. Es una esfera con ojos rojos, tan monstruosa como temía y esperaba. Sin embargo, por alguna extraña razón, no se me hace triste, sino graciosa. Esta cara no es la fuente de mis lágrimas; tampoco lo es del tormento que reflejan.
Huye, Emil, huye lejos de aquí, a algún lugar donde no haya adultos con batas blancas, a algún lugar donde no haya Profes, donde no haya nadie en absoluto.
¿Cuánto tiempo ha pasado? Siento como si hubieran pasado días en apenas unos segundos; cuando no que han pasado segundos a lo largo de días. Mire donde mire, no queda nada de la instalación más que escombros. ¿Cuánto más tengo que destruir? ¿Cuánto será suficiente?
―Halua.
Es la voz de Emil. En un principio creo haberla imaginado. ¿Cómo iba a usar ese nombre para referirse a este monstruo? Pero al volverme, se disipa la duda; es él. Y me extiende la mano. En su cara se insinúa la tristeza. Al instante olvido en lo que me he convertido y corro hacia él entre lloros y le digo que tenemos que correr, que tenemos que encontrar un lugar donde podamos estar los dos a salvo.
Al menos lo intento. Pero mis piernas no se mueven; parecen haberse convertido en piedra. Y no solo las piernas, mi cuerpo entero. Todo se vuelve de piedra. Me doy cuenta de que puedo liberarme de esta petrificación si quiero; no es demasiado poderosa. Pero en su lugar...
―Halua, yo...
Han convertido a Emil en un arma, igual que a mí. Su cuerpo sigue igual, pero han cambiado los ojos de su mirada por unos terribles que convierten todo lo que mira en piedra. Me doy cuenta entonces de que he fallado; no lo he podido salvar. He fallado en lo único que me importaba de verdad, en el único sueño que tenía.
En la medida en que ver a Emil me había devuelto la corona de mi mente, la rabia vuelve. La vuelve a usurpar, vuelve a arrojarme a lo más profundo. ¿Qué es, es la rabia, de verdad? ¿Es la tristeza? Estoy tan lejos, y cada vez más, en mi caída, que no lo puedo saber.
―Lo siento mucho.
No pasa nada; no importa, no te preocupes.
Sonrío, o al menos creo sonreír, pero mi cara ya se ha convertido en piedra. Lo más seguro, en todo caso, es que ni siquiera fuera capaz de sonreír en un principio. Lo único que importa ya es saber que mi existencia está a punto de terminar. Ya solo me pregunto en qué colores soñaré una vez me convierta en piedra.
―Lo siento, Halua. Pero todos dicen que eres demasiado poderosa. Dicen que serías demasiado peligrosa si no te sellara.
Me duele verte así, Emil. Así que, por favor, hazlo. Y séllame bien, no dejes que vuelva ver la luz del sol; no dejes que vuelva a despertar.
Lo último que oigo es la voz de Emil llamar mi nombre, pero su voz también se desvanece según cedo ante el más gélido y despiadado sueño.
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La puerta estrecha (The Narrow Gate ver.1.00), de Sawako Natori; concebido por Yoko Taro y Cavia; traducida libre pero fielmente por Pinyol Villalba, a partir de la traducción oficial al inglés de Casey Loe.
Líneas que se deben trazar. Fronteras que se deben honrar. Murallas.
Y la desazón de los que viven al otro lado de ellas.
Aquellas carcajadas de jóvenes y mayores por igual, tan cálidas, llegaban frías al otro lado de los altos muros de piedra que rodeaban la ciudad.
―Anda que no se lo pasan bien ahí dentro... ―dijo Emil, que miraba arriba, donde muralla y noche se separaban. Sus dientes, alineados a la perfección, parecían estar apretados unos contra otros.
«Ya lo has dicho cuatro veces», pensó Kainé, pero logró aguantarse el comentario.
Era noche de celebración en la aldea; así lo había anunciado Popola. Sin embargo, nadie sabía exactamente qué se celebraba. Kainé había oído a unos aldeanos hablar de que se conmemoraba la llegada del diezmilésimo tomo a la biblioteca; otros decían que se celebraban los ciento cincuenta años de la aldea. Fuera cual fuera la razón, estaba claro que era poco más que un pretexto para que la gente pudiera tener una noche de jolgorio y regocijo tras tanta tragedia.
―Ojalá Nier se lo esté pasando bien ahora mismo ―dijo Emil sin sarcasmo ni malicia alguna, pero, sin duda, dolido por no poder estar allí dentro con él.
Ella no respondió. Sabía que si decía algo, fuera lo que fuera, acabaría por decir lo mismo con otras palabras. Así pues, no dijo nada. Se quedó mirando esa misma línea que separaba la noche de la muralla; línea que, a su vez, les separaba a ellos de Nier y la aldea. Aquella noche no la podrían pasar junto a su amigo.
En la anterior, Kainé y Emil acampaban, como siempre, a las puertas de la aldea. De repente, se oyó un crujido, y del portón salió Popola, la directora de la biblioteca.
―La gente de la aldea vive bajo la constante amenaza de las Sombras ―les dijo― querría quitarles este peso de encima, aunque solo sea por una noche.
Los ojos de Popola, casi ocultos tras su grueso flequillo, brillaban con una profunda inteligencia a medida que les exponía su plan. No tardó en hacerse evidente que cuando decía «la gente de la aldea» quería decir Nier; y que en realidad les pedía cooperación en su favor.
―Tomemos las precauciones que tomemos, no podremos evitar tener la guardia más baja de lo normal durante las fiestas. Sé que es el colmo de la osadía pediros esto, ya que os hemos prohibido la entrada al pueblo, pero...
―No pasa nada ―dijo Kainé, cortando en seco lo que empezaba a tomar forma de larga y elaborada súplica―. Nos quedaremos aquí fuera y mataremos todas las Sombras que intenten entrar.
Pero eso sí, cacho zorra, no creas haberme colado la de «oh, vaya, como estaréis aquí fuera de guardia no podréis uniros a la fiesta».
Popola hizo una reverencia con la que evadió, con gran maestría, el juicio en la mirada afilada de Kainé.
―Os agradezco la ayuda ―dijo. Luego cruzó el portón, de vuelta al pueblo.
Cuando Nier los fue a ver la mañana siguiente, mencionó el festival, algo contrariado.
―No me apetece mucho, la verdad, pero quieren hacerlo, así que...
―Bah, seguro que una vez empiece a animarse la cosa se te pasa ―respondió Kainé, cuya sorna hizo avergonzar a Nier.
―¡Los festivales son de lo más! ―se hizo oír Emil en un intento casi desesperado de mantener la fiesta en paz―. ¿Acaso no necesitamos todos tomarnos un descanso de vez en cuando?
―Bueno, sí, pero...
―Recomponte, ¡mozalbete!―dijo Weiss―, Emil tiene razón. Si tensas demasiado la cuerda acabará por romperse. Popola no pretende más que darte un respiro. Hasta un invidente lo vería...
Acabada la bronca, Nier agachó la cabeza un momento, luego la volvió a levantar:
―Bueno, mira, tengo una idea. Vosotros también merecéis pasarlo bien así que... ¿por qué no le pregunto a Popola si podemos ir todos juntos?
Una sonrisa sincera se dibujó en su rostro mientras lo decía. Kainé sintió una rabia repentina llenarla por dentro que la empujaba a clavar las uñas en la carita inocente de Nier y arañársela hasta que sangrara.
―Ya, muy bien, que le jodan a tu idea ―respondió.
Emil se apresuró a adelantarse para quitarle hierro a sus palabras.
―Eh... lo que Kainé quiere decir es que después de un largo día de ir de aquí para allá me coge un sueño que no veas, y dudo mucho que pueda aguantar despierto toda la madrugada. ¡Pero tú y Weiss deberíais ir a disfrutar con todos!
Aunque la expresión de su cara redonda y esquelética, congelada en piedra tiempos ha, no cambió, lo que sentía de verdad se dejó entrever tras su tono estridente y las prisas de su habla. Pero en vez de darse cuenta, Nier asintió ingenuo y siguió a lo suyo.
―Anda que no se lo pasan bien, ahí dentro... ―dijo Emil tras una pequeña pausa entre un bostezo y el siguiente.
―Seis... ―murmuró Kainé.
―¿Eh?
―Nada, déjalo. Duerme. Ya me encargo yo de montar guardia.
―Pero...
―Que duermas. Seguro que Nier ya se ha ido a dormir también.
En realidad, Kainé no tenía ni idea, pero para Emil fue suficiente. Satisfecho, se acurrucó en la gruesa lona que lo protegía de frío, viento, lluvia o lo que tocara, le deseó las buenas noches a su amiga y se echó a dormir. El sonido de su respiración era indistinguible al de un niño humano cualquiera.
Tras un rato viendo la tela subir y bajar, cada vez más lenta, Kainé se permitió unos merecidos estiramientos. Alzó las hojas de ambas espadas a la altura de los ojos y las escudriñó en busca de mellas. Siempre le había parecido mucho más fácil comunicarse a través del hierro que a través de la palabra. Mientras las reseguía con la mirada, acarició las empuñaduras con cariño.
Ya en lo profundo de la noche, el jolgorio al otro lado de la muralla seguía sin menguar; más bien al contrario, de hecho, el festival parecía ir viento en popa a toda vela. Kainé podía oír música animada y el canto indistinguible de una voz bien entrenada. Seguramente la de Devola.
La gente silbaba y aplaudía, cuando no rompía a carcajadas de placer. ¿De verdad los festivales poseían tal poder como el de llenar de regocijo el corazón de las personas?, ¿como el de liberarlos de sus preocupaciones? Al no haber asistido nunca a ninguno, aquella era una posibilidad que no podía más que contemplar.
Pronto, empezaron a cruzar el muro deliciosos olores, acompañados de vítores de alegría. Justo cuando el estómago de Kainé empezaba a rugir, la puerta se abrió de un crujido. Agarró las espadas con fuerza y se preparó para la batalla, pero se relajó al ver una sombra delgada proyectarse en ella. Precedía a Nier, que emergió del umbral con un plato en las manos lleno de carne y verdura.
―¿Tenéis hambre? Mirad que os traigo, del festival. Se ha enfriado un poco, pero seguro que aún está buena. ―Nier se percató de la figura dormida de Emil y se lamentó con un movimiento de cabeza, arrepentido―. Tendría que haber venido antes, parece.
Kainé quedó tan embelesada ante la deliciosa pinta de aquel plato que se le empezó a abrir la boca, pero la cerró al instante. Por alguna razón, se sentía incapaz de dar las gracias, pese a que Nier, en el meollo de la fiesta, no se hubiera olvidado de ellos. No solo no se había olvidado de ellos, sino que hasta les había traído algo de la alegría de dentro a los de fuera.
Le arrebató el plato de las manos sin mediar palabra, cogió un pedazo de carne y le hincó los dientes a la crujiente piel. Por dentro estaba tierna como lo era, o debería ser, un sueño infantil; luego el suculento jugo se derramaba por el plato con cada mordisco. Kainé devoró la comida como una mujer muerta de hambre que la usaba para tragarse, con ella, las palabras que quería decir ―que necesitaba decir― de vuelta garganta abajo.
―Sí que tenías hambre, ¿no? ―sonrió Nier.
Pues no. De hecho, no tenía nada de hambre. Pero la protesta silenciosa de Kainé fue opacada por la voz de una joven aldeana que eligió asomarse por la puerta abierta en ese preciso instante.
―¡Venga, Nier, vuelve!, tienes que volver; ¡no te vas a creer lo que está haciendo Devola!
Nier se levantó de las rodillas y corrió hacia la puerta tras la joven.
Nos vemos mañana, Kainé ―gritó―. ¡Buenas noches!
Antes de que se diera cuenta, Nier, la chica y la luz habían desaparecido tras la puerta que se cerraba. Con Emil en el reino de los sueños, del lado de Kainé solo quedaron ella, la comida y la oscuridad. De repente, una voz desconocida y ajena llegó a su fuero interno sin pasar antes por el filtro habitual de sus orejas.
―Qué pena. Por desgracia, yo también sé cómo se siente uno cuando lo discriminan.
Kainé se puso las manos en la cabeza y retrocedió confusa. Había una Sombra en el arbusto a su lado, acababa de verla moverse. llevó las manos a las empuñaduras de sus espadas.
―¡Eh, venga, calma! ¿De verdad me vas a atacar así sin más?
Espera un momento, ¿la Sombra me ha hablado?, pensaba que no podían hablar...
Por mucho que Kainé quisiera reírse de aquel sinsentido, el calor que emitía el lado izquierdo de su cuerpo, bajo las vendas, lo hacía imposible. Su brazo empezaba a inflamarse varias veces su tamaño habitual y las marcas negras a su largo y ancho empezaban a palpitar cada vez con más fuerza.
―Pues claro... las Sombras resonamos las unas con las otras―. Por desgracia, esta otra voz sí que sabía de dónde venía.
Y no mentía. ¡Joder, si no mentía! Era de la Sombra que llevaba tanto tiempo poseyéndola poco a poco. Kainé sabía que acabaría por convertirla en una Sombra más pronto, pero... ¿tan pronto? Y si no era esto lo que pasaba, cómo había podido entender a la Sombra...
De repente, sintió como algo en su interior se quebraba; de repente, la poca luz que quedaba en su lado del mundo también la abandonaba. No tenía sentido que sus ojos perdieran la visión, pero la perdían, como si su cuerpo rechazara la mera noción del color.
¿Así se siente perder la esperanza?
Kainé se mordió el labio hasta que sangró y tuvo que usar las espadas para apoyar su cuerpo mareado y tambaleante, algo que le hizo mucha gracia a la Sombra en su cabeza.
―¿Te preocupa convertirte en Sombra? Creo que no te lo estás tomando con suficiente perspectiva. Para empezar, eres...
―¡Muérete, puto comemierda! ¡Y sal de mi puta cabeza!
Kainé lanzó una estocada a la maleza con toda su fuerza, empujada por su odio absoluto a las Sombras.
Una Sombra mató a la abuela. Son el enemigo. El enemigo. ¡El enemigo!
Los ojos de Kainé se volvieron rojos de rabia. Su pelo se erizó. Tenía tanta sed de sangre que su lengua se relamió los labios en busca de cualquier gota que la pudiera saciar. Al fin, cual espejismo de oscuridad, la Sombra saltó de entre los arbustos. Kainé se abalanzó sobre ella blandiendo las hojas tan rápido que sintió sus brazos a punto de dislocarse. Sin embargo, la voz seguía sin callar.
―¡Venga ya! ¿De verdad esto te hace feliz?
―En el fondo, te entiendo ―continuó la voz― matas Sombras, vengas a tu abuelita y cuando lo haces, Nier parece tan alegre... Por un breve instante, seguro que hasta te sientes feliz de verdad. ¿Pero luego qué? Matarnos no hará que acabe la discriminación. No hará que te inviten a los festivales. El mundo no funciona así y lo comprendemos. ¿Sabes por qué?
Kainé no quería «saber por qué», quería matar a la Sombra. Su espada descendió con fuerza en un tajo letal que por poco la parte en dos. Al hacerlo, se volvió a fascinar por cómo las criaturas parecían sombras de verdad y a la vez tan vivas cuando las mataba. Podía sentir cómo se cortaba la carne y cómo la hoja partía los huesos o se deslizaba por ellos. Así como Kainé solía rebanarlas desde la entrepierna al gaznate de un único y elegante corte, aquella noche, algo la hizo dudar. El alarido de dolor de la Sombra reverberó en su cabeza y sintió algo recorrerle las venas en reprimenda, casi en rebelión. La Sombra, a medida que la luz desvanecía de su mirada, logró balbucear unas últimas palabras:
―Empiezas a dudar... ¿verdad? Por fin... te das cuenta... las Sombras somos los... de verdad...
Aquel hilo de voz afónica de la Sombra hizo por tejer palabras que nunca llegó a hilar, pero cuyos cabos Kainé sí que logró atar. En el tapiz resultante, una única frase, una sola verdad. De ser cierta... la mera idea, la mera posibilidad, le hacía helar la sangre.
―¡Eso es una maldita mentira! ―gruñó a sabiendas de que «maldita» era, pero «mentira»... no podía ser...
Kainé miró con atención a la Sombra ante ella. Hacía por ponerse de pie y, pese a estar prácticamente partida por la mitad, lo conseguía. El deseo de escapar ―de vivir―, sin duda, aún ardía con fuerza en su interior, aunque fuera la única fuerza que le quedara.
Justo entonces, Kainé oyó una serie de explosiones retumbar. Sus ojos siguieron el rastro de los sonidos hasta el cielo más allá de la muralla, donde coloridas flores de centellas nacían de cada explosión, ahuyentaban con su luz a la oscuridad de la noche y morían apenas unos segundos después; el gran final. El festival de Popola llegaba a su fin.
A medida que los fuegos artificiales trazaban sus brillantes rastros en el lienzo del cielo, el color, poco a poco, volvía al mundo de Kainé. En su imaginación, veía una Sombra destrozar el lúgubre cadáver de su abuela. A la vez, veía por el rabillo del ojo a Emil dormir plácidamente. Y oculto en las profundidades de su corazón, oía la súplica en el deseo de Nier: «¡Muerte a las Sombras!»
―Púdrete en el infierno, cerdo hijo de puta ―masculló Kainé mientras se erguía― es hora de que paguéis por lo que habéis hecho.
―Qué... lástima. Pensaba que quizás... entenderías el dolor de la discriminación... visto el cuerpo que se te ha...
―¡HE DICHO QUE CIERRES LA PUTA BOCA! ―bramó Kainé mientras levantaba sus espadas duales al cielo nocturno hasta que brillaron a la luz de los fuegos artificiales. La Sombra hizo un esfuerzo patético por huir, pero ella la alcanzó al momento y acabó el corte vertical que había quedado a medias momentos atrás. Sin embargo, no fue el último. Siguió blandiendo sus espadas una y otra vez a través del cuerpo maltrecho y profanado de la Sombra, temerosa de que, si paraba, la voz volvería a sonar en su interior.
―Kainé, por favor, para. Está muerto, lo prometo. Está completamente muerto.
Le sorprendió otra voz más en su oreja, una que, por fin sí que quería oír. Hacía rato que gritaba en la oscuridad. No tardó en identificar de quién era la voz ; era Emil quien estaba tras ella y la retenía con los brazos bajo las axilas y las manos en el cuello.
―Ya no la puedo matar más, ¿no? ―murmuró Kainé.
Una vez Emil la dejó ir, Kainé usó un puñado de hierba para limpiar la sangre y trozos de carne de sus espadas. Los callos amarillentos que le habían salido en las manos... ¿Cuán fuerte debía de haber agarrado las espadas? ¿cuánto tiempo hacía que luchaba?, ¿y contra qué; contra quién...?
―Pero vamos a ver ―preguntó Emil y le empezó a vendar las manos― ¿qué recórcholis ha pasado mientras dormía?
―Nada.
Emil parecía tener sus siguientes palabras en la punta de la lengua, pero allí se quedaron. Los fuegos artificiales acababan de alumbrar el cielo una vez más, lo que cautivó, al instante, sus atenciones. Ambas miradas se dirigieron a los cielos. No querían perderse ni un solo segundo de aquel singular espectáculo.
―¿No son una maravilla, los fuegos artificiales? ―dijo Emil, cuya cara sonriente relucía a la luz de todos los colores del arcoíris a su deslumbrante vaivén por el cielo estrellado― ¡Y qué bien que podamos disfrutar de ellos desde fuera de la aldea también!
Kainé no respondió. Eligió, en su lugar, redirigir su mirada al pesado portón que les negaba la entrada. Era raro; aquel muro que dividía el interior del exterior le había pasado a parecer irrelevante. Pero el que dividía el saber del no saber..., ese sí que era aterrador. Lo sabía porque lo acababa de cruzar; y solo desde el otro lado había podido comprender que, una vez cruzado, ya nunca podría volver atrás.
De este lado de este otro muro, el jolgorio de los aldeanos parecía aún más remoto, lo cual ya no le importaba tanto, pero también parecía más lejano Nier; incluso Emil, que estaba justo ahí a su lado.
Ojos que no ven, corazón que no siente...
Pero sus ojos habían visto, y ahora su corazón sentía un dolor que se negaba a compartir con nadie más. Pues nadie más que ella, sintió, merecía padecerlo.
Y así, tanto Emil como Kainé, por sus respectivas razones, optaron por tragarse sus respectivas palabras. Para Emil no sería ningún problema; ya las había olvidado, pero para Kainé... Kainé no le diría a nadie lo que acababa de aprender, pero tampoco lo podría olvidar. Así pues, se lo tragó garganta abajo, como aquella noche ya había hecho con tanta comida; con tantas otras palabras. Y luego, como si no hubiera pasado nada, o al menos nada por lo que preocupar a nadie más, miró a Emil y dijo:
―¿Cómo puede ser que aún no haya amanecido?
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La vuelta al mundo en 80 días (Around the World in 80 days ver.1.00), de Jun Eishima; concebido por Yoko Taro y Cavia; traducida libre pero fielmente por Pinyol Villalba, a partir de la traducción oficial al inglés de Casey Loe.
Bota y rebota la cabeza que da vueltas y vueltas.
Pero... ¿cuántas vueltas hace falta dar para dar la vuelta al mundo?
DÍA 1
No veas cómo cuesta moverse por el desierto...
¡Ay, no! Me he vuelto a quedar trabado en la arena. Vale, ya está, ¡allévoy!
Es gracioso pensar en lo feliz que me hizo ver arena tras salir despedido por los aires. No importa lo indestructible que sea el cuerpo de mi hermana, si llego a aterrizar sobre una roca o algo así, no hubiera acabado muy bien.
Aun así, ¡jamás hubiera imaginado que moverme por la arena sería tan, tan difícil. ¡Los enmascarados de Fachada lo hacían como si nada! Y, bueno, a Nier también le costaba de vez en cuando, pero no tanto.
Sé que no paro de decirlo, pero de verdad que necesito hacerme con un nuevo cuerpo...
Eh... ¿pero cómo se supone que voy a conseguir un cuerpo aquí, donde solo hay arena? Mmm... ¿Podría usar magia para convertirla en un cuerpo? Bueno, espera, ¿cómo voy a conjurar el hechizo sin manos? De hecho, por no tener, no tengo ni mi bastón. Diría que estoy metido en un buen jardín si no fuera porque estoy metido en lo más lejano a un jardín que existe.
No, no... así no vamos a ningún sitio. En vez de ponerme a darle (aún más) vueltas a la cabeza, debería intentarlo. Quién no se arriesga, no pasa la mar, ¿no? Bueno, otra vez, no es que «pasar la mar» esté muy a mi alcance ahora mismo, pero... Da igual; que debería intentarlo. No necesito un bastón para concentrar mi poder mágico, lo puedo hacer en la arena taaaaaaaal, queeeee, asíííííí, yyy...
¡ÉPALE!
¡Bueno, bueno, bueno; vaya nubarrón de arena he levantado! Es lo que tienen los desiertos; ¡puedes levantar una tormenta de arena cuando y donde quieras! A ver si puedo hacer algo con esto.
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Vale, ya, ya, eh, ya está, nubecilla, bien, vale. Ya estás, así me gusta, ya estás. Buf...
Bueno, buenas noticias, aún me queda bastante magia, incluso sin bastón ni manos. Además, por fin tengo un cuerpo en condiciones, así que puedo volver a camin...
¡¿Oh, qué demo...?! ¡Ay, que me hundo, que se me cae la cabeza!
Vaya... se me ha deshecho el cuerpo. Bueno, supongo que era de esperar que un cuerpo hecho de arena no iba a durar mucho. Pero por lo menos sé que aún puedo hacer magia; solo necesito encontrar materiales más fuertes para hacerme un cuerpo más fuerte. Sip, ¡funcionará! Quizá mejor veámoslo como una oportunidad para aprender algo nuevo.
¡Bien, pues! Hora de encontrar algún sitio donde haya algo más, aparte de arena. De hecho, ojalá fuera tierra y así podría rodar por ella, porque ahora mismo...
¡Nooo, me he vuelto a atascar!
DÍA 9
¡POR FIN salgo del desierto! Ojalá no me hubiera llevado tanto tiempo, estaba muy cansado de ver el mismo paisaje exacto tooooodo el rato. De hecho, por mí, como si no vuelvo a ver un grano de arena nunca más; he tenido más que suficiente estos días.
Bueno, lo pasado, pasado está, aunque esta nueva área es bastante rocosa. Y dura, también. De hecho, quizás DEMASIADO dura y está LLENA de baches, por lo que moverse no es mucho más fácil.
¡Y duele! ¡Au, au, au! ¡No paro de darme contra una roca tras otra!
Mira, así te lo digo, como no pueda caminar con un par de piernas en condiciones pronto, voy a acabar por quedarme sin PV. Más me vale hacerme un cuerpo, ¡y rapidito! Por suerte, si hay algo para lo que puedan servir estas rocas, es, sin duda, para hacer un cuerpo bien fuerte. Así que...
Y... ¡pumba!
Mmm... no... sin mi bastón, mis hechizos dan... para lo que dan. ¿Y si «pumba» no era la palabra mágica correcta? No me lo ha parecido, pero hey, ha funcionado, así que la daremos por buena.
Y... ¡ahí está! Tú, ¡sí que parece fuerte este cuerpo! Venga, ahora a volver con Nier y el resto. Y más me vale darme prisa; Kainé y Weiss ya deben haber vuelto a la greña.
Mmm... vamos a ver... ¿Por qué no me muevo?, ¿qué pasa?
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Jopetas. Este cuerpo pesa demasiado.
DÍA 17
Ostras, sí que me llevó rato salir de aquella área rocosa; y encima, estoy bastante seguro, mi cabeza perdió muchos PV en el proceso. Pero, eh, bien está lo que bien acaba, ¿no?
Por fin vuelvo a una superficie terrosa que no es ni demasiado dura ni demasiado suave. ¡De lujo! Ah, y también hay un lago precioso aquí, con más aves acuáticas de las que jamás he visto en las Llanuras del norte. Les debe ser más fácil vivir aquí que no hay Sombras. En todo caso, seguro que en un lugar como este podré encontrar los materiales adecuados.
Pero cuáles... Necesito algo lo suficientemente fuerte como para aguantarme la cabeza, pero no demasiado pesado. Ligero y fuerte, ligero y fuerte... ¡Eh, lo tengo, podría usar las plumas de las aves acuáticas!
Resulta que, según leí en un libro, las plumas de los pájaros vienen a ser como piel, pero más fuerte. Además son super flexibles, así que si junto un puñado de esas y les doy un toque de magia, deberían aguantar bastante. Y, lo mejor de lo mejor, ¡son ligeras! Si quieres ir rápido debes ser ligero.
Vamo’ a ver... Con tantos pájaros que vuelan por todos lados, solo con ponerme por aquí donde no sopla el viento podré tener tantas plumas como quiera. Un puño de plumas. ¡Un puñado de plumas!, ¡un...! ¿puñadísimo de plumas?
¡Ja, ja!, esa es buena, me la tendré que apuntar; ¡Nier se partirá de risa! Bueeeno, toca coger sitio y esperar.
DÍA 24
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Vale, está claro, esto NO FUNCIONA. ¡Ni una pluma, tú! ¿No es tiempo de muda o qué? Pues nada, no me dejan otra opción; tendré que atraparlas y desplumarlas yo mismo. ¡Eh, pero solo un poco! No quiero que las pobres no puedan volver a volar. Sería cruel. En su lugar, solo cogeré unas pocas plumas de cada.
Bueno, manos a la obra, que sea lo que Dios quiera.
Ay, no. ¿Cómo voy a atrapar nada, sin manos? A ver, quizás si...
¡AAAAAAAAAHH, estoy cayendo!, ¡que me caigo, que me caigo al lago!
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Uf, bueno... eh... esto ha sido ATERRADOR. ¡Un poco más y me llevo un catarro de recuerdo! Por suerte, al final todo quedó en acabar mojado de pies a cabeza; bueno, de cabeza a cabeza, supongo. Por lo menos ahora sé que mi cabeza puede nadar; otra cosa no, pero ahogarme, no me voy a ahogar.
Uy, y aún mejor, ¡si Nier vuelve a caerse al agua podré RESCATARLO! Cómo molaría eso.
DÍA 26
Pues... al final solo he podido juntar un puñado de plumas; y con «un puñado» me refiero a lo suficiente como para hacerme un dedo del nuevo cuerpo (y gracias). Mmm... ¿y si me hago ropa con ellas, en su lugar? Al fin y al cabo, no es plan ir desnudo por la vida. Aunque tampoco lo sería ir por ahí medio oliendo a pájaro...
Eh... ¿qué se cree que viene a hacer aquí ese lobo? ¡Eh, eh, alto ahí, lobo, que no soy comestible! ¿Me entiendes o qué? ¡Que me escuches! No soy un pájaro, ¿¡vale!? No soy un... ¡AAAAAAAAAAAAHHHH!
Uf. Bueno, qué maldito MIEDO. Por suerte, mi cabeza está bien, pero el lobo se fue con todas mis plumas. ¡Pero qué lobo más tonto! ¿No sabe que no puede comer plumas?
Además, yo creía que los lobos solían vivir en el desierto; debía haberse separado de la jauría. Eso sí, diferente de los que atacaban Fachada, era. Y seguro que no solo por su aspecto, no parecía tan mezquino y malhumorado como los otros...
DÍA 31
Ay, madre, ¿y ahora qué? ¡Otro lobo no!
No, espera, no parece que sea un lobo; pero SÍ que es un buen pedazo de bicho, también. ¿Cómo se llamaba este animal? Algún tipo de felino depredador, ¿no? Un tipo de...
¡Bah!, no es momento de taxonomi...zar; Más me vale salir por patas, o por lo que sea, antes de que me coma lo que sea esto. Es decir, ¡pero mira qué garras! Como venga a por mí, puede que ni siquiera el cuerpo de mi hermana sea lo suficientemente inmortal como para sobrevivir.
¡AAAAAAAHHHH!
¿Uy? ¡Toma, no me ha comido! Solo me ha empujado a un lado después de palparme unas cuantas veces con la pata. Ay, ay, que vuelve.
¡AAAAAAAHHHH!
Espera, espera. ¿El bicho este está jugando conmigo? ¿Se cree que soy un juguete o qué?
¡AAAAAAAHHHH!
Vale, en serio, ¡para de hacerme rodar!, ¡que no soy una pelota!
¡AAAAAAAHHHH!
Ay, ¡lo tengo!, ¡puedo usar magia! A ver si puedo... sí... bien, ¡hora de hacer magia voladora!
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¡Uff! He conseguido escapar. Qué alivio... aunque la cabeza no para de dar, y darme, vueltas.
DÍA 33
Ojalá haber descubierto antes que podía volar. Me hubiera ahorrado todas esas hostias contra piedras y rocas; ¡y no hubiera tardado tanto en salir del desierto! Mira que soy bobo a veces...
Por cierto, ya que hablamos de cosas de las que me arrepiento, creo que no estoy enfocando bien todo esto de conseguir materiales para el cuerpo. Puede que lo de improvisar un cuerpo a partir de lo primero que me encuentro en cada momento no sea la mejor idea... En plan, hasta la tienda esa en La Chatarrería usan todo tipo de materiales distintos para mejorar sus armas, ¿no?
Jolín, si llego a saber que esto iba a pasar, me hubiera fijado más en cómo lo hacían. Pero, a decir verdad, el hermano pequeño hace que se me pongan los pelos de punta. Siempre que visitamos siento que la locura se apodera de su mirada cada vez más y más. Me pregunto si el rumor de que se cortó el brazo es cierto...
Céntrate, Emil, ¡piensa! ¡¿De dónde sacaba Nier todos aquellos materiales?! Algunos los excavaba del suelo, ¿verdad?
¿Y otros los recogía de la playa? Lo bueno es que era un esfuerzo lento pero seguro. Debería aprender un poco de Nier de vez en cuando...
DÍA 59
He viajado tan lejos que ya ni se ve el lago. Cada día estoy en un lugar en el que nunca he estado antes. Sé que no puedo haberle dado toooda la vuelta al mundo pero decir que... no sé, a un cuarto sí que le he dado la vuelta, no sería tan descabellado como... mi cabeza.
Una vez aprendí a volar, pensé que todo lo que antes se me había hecho cuesta arriba, ahora se me haría cuesta abajo; pero no, volar es MUCHO menos tranquilo y apacible de lo que pensaba. El aire está lleno de aves de presa y Sombras voladoras y demás movidas, aunque les puedo hacer frente con mis hechizos.
El tema es que cuanto más peso llevo, y cuando digo peso, digo materiales, más me cuesta luchar. Uso magia para cargar con todo, magia para volar y magia para luchar, ¡para tres cosas a la vez!
Se me hace todo un lío en la cabeza; o en la magia, no sé; pero no me deberían salir rayos de magia por los ojos...
Bueno, la cosa es que, por eso, cuantos más materiales llevo, más viajo a ras de suelo. Dicen que es importante no perder de vista la tierra. Y, al fin y al cabo, es imposible perderla de vista cuando estás literalmente rodando por ella. Es increíble; no paro de encontrar de todo, incluso mineral de hierro, caucho y cerámica. ¡Además, las playas, de vez en cuando, esconden pequeños tesoros como trozos de madera flotantes que el mar arrastra a la orilla y perlas negras!
Lo malo... no lo he pasado muy bien rodando hacia las fauces de aquella araña gigante, la verdad...
DÍA 66
¡He llegado a Ciudad Costera!, ¡por fin vuelvo a casa! La aldea de Nier está a nada de aquí y ya tengo un montón de materiales, así que haré lo que me queda de camino por aire. Ay, ¡qué ganas de volver a ver a Nier! Bueno, y a Kainé y Weiss también, claro.
Eh... ¿qué pretende esa bandada entera de cigüeñas que viene a hacia mí?, Ay, ay, ay..., no pensarán que soy un intruso en su territorio, ¿no?
Ay, no, porfi, cigüeñas, ¡atrás! Ha sido un malentendido, ¡de verdad os lo digo! De verdad, ¡no tenéis ni idea de lo difícil que es volar cuando llevas tantas cosas!
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Bueno, pues nada, he acabado por caer de bruces al océano. Las cigüeñas son mucho más agresivas de lo que pensaba. No tenía ni idea.
Vaya suerte la mía... Qué asco..., una vez vuelva a estar seco estaré ahí todo pegajoso... Oye, ¡pero mira allí, un cubo oxidado! Nier los usa para mejorarse las armas, debería poder usarlo yo para el cuerpo. Pues al final; «vaya suerte la mía», está claro. Supongo que zambullirse en el océano de vez en cuando no es tan terrible.
¡Ay, y mira!, ¡ese pez me suena! es un Dunkleosteus! Anda que no le costó a Nier pescar uno de esos, incluso después de todas las lecciones de aquel viejo pescador y haberlo hecho todo bien. Y lo que es aún más importante...
¡Eh, que no me puedes comer! ¿No ves lo dura que es mi cara? ¡Te vas a romper los dientes! Genial, y ahora me intentas tragar entero... ¡Para ya, antes de que te... NOOOOOOOOOOO!
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¡Buff! Qué suerte haber podido salir de allí con vida. Más me vale hacerme ya el cuerpo antes de que nada así vuelva a pasar.
DÍA 80
Con todos los materiales que llevo acumulados debería poderme hacer un cuerpo incluso mejor que el anterior. Será super fuerte, pero también molará un MONTÓN.
Bueno; ¡manos a la obra! Empezaré por dejar todos los materiales aquí en el suelo y les daré un buen chispazo de magia.
Y... ¡Pumba!
¿Uy?
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Tío, esto NO tiene buena pinta..., ¿por qué sale humo del reloj parado?, ¿y por qué salen chispas de mi pirita? ¿¡He hecho mal el conjuro!?
¡Ay, noooo, que se quema, que se me quema todo! ¡Los libros de texto antiguos arden como si fueran leña! Ay, ay, ay, ¡¿va a explotar?!
¡AAAAAAAAAAHHHHH!
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Au.
Madre mía, ha sido «¡bum!» y salir despedido.
Ay, espera, espera, no puede ser... ¿¡Vuelvo a estar en el desierto?! ¡VUELVO A ESTAR EN EL DESIERTO!
Pues nada, a volver a la casilla de salida, supongo... Eh, oye, ¡creo que acabo de pillar de dónde viene la expresión! Es como cuando en un juego de mesa tiras los dados y caes en la casilla de la muerte y te devuelve a... eso... la casilla de salida. Mira tú por dónde, nunca me lo había planteado.
Me recuerda a lo que solía decir Sebastian, «tiene mucho más talento para destruir cosas que para crearlas, señorito Emil». Razón no le faltaba, parece...
A este paso voy a acabar por quedarme sin cuerpo; y, como tarde un día más en volver, Kainé y Weiss pasarán de volver a la greña a volver a la..., bueno, a la guerra directamente. Es que, vamos a ver, Kainé a la mínima recurre a la violencia y Weiss no sabe callar, ¿cómo van a acabar, si no?
Bueno, Emil, ¡céntrate!, ¡tienes que volver con Nier!
Pero primero debo encontrar la manera de salir de este desierto. Así que...
¡Allévoy!

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Apéndice de El mundo perdido ver.1.22474487139... (The Lost World Appendix ver.1.22474487139...), de Yoko Taro; traducida libre pero fielmente por Pinyol Villalba, a partir de la traducción oficial al inglés de Casey Loe.
«Oigo una canción...»
Esas fueron las últimas palabras que oí de ella.
❖
Despierto tendido en la orilla.
El océano; sí..., ante mí, el océano...
Y a mis pies la caricia de sus olas, ni frías ni calientes. Al levantarme, salpican cuando las piso contra la arena. Arena..., rugosa y áspera en mis mejillas, me la quito. Más allá del mar, el horizonte se funde y se desvanece tras la niebla.
Procedo a analizar la información visual del paisaje, pero no obtengo respuesta. El «mundo» que había creado es información condensada. Como su administrador, recuerdo todo cuanto contiene, y debería poder acceder a cuanto quisiera. El hecho de que no pueda indica que este lugar no forma parte del mundo de información que conozco.
Para probar la teoría, intento escanearme a mí mismo. Sin respuesta. Todos mis puntos de acceso están sellados en la oscuridad. Al haber sido creado como parte de la red, el flujo de información es lo que confirma mi existencia, luego, no existo. Pero sí que pienso, puedo hacerlo... ¿Acaso habrá aumentado tanto la masa de información que el tiempo, de alguna manera, se ha dilatado?, ¿acaso será esta la frontera entre la vida y la muerte de la que hablan los humanos?
Recupero mi mirada, que había perdido en el vaivén del mar, y la redirijo sobre el hombro. Un oscuro bosque se extiende ante mí. Estoy bastante seguro de que antes no estaba allí. Siento la llamada de un pequeño sendero, que me intima a adentrarme en el corazón del bosque. No sé qué pensar de todo esto. Siento que mi final está cerca, pero no sé si al final del sendero, más allá o en otra dirección.
El bosque..., debo adentrarme en el bosque...
❖
Revisualizo el recuerdo más antiguo al que puedo acceder. Dejé que una replicante, de nombre Kainé, se infiltrara en el servidor y alterara sus datos. No era la primera vez que se infiltraba en él; de hecho, ya había aparecido para destruirme tantas veces antes que había perdido la cuenta. Retorcía los principios fundamentales de este mundo, una y otra vez, y pagaba con la aglomeración de toda memoria humana el precio de cumplir su deseo personal. Se trata de un milagro del que he tenido que ser testigo una y otra, y otra vez.
En un principio, me fasciné de lo que conseguía la replicante. Pero tras ver el milagro cien veces, y luego mil más, la conmoción que suscitaba en mí acabó por menguar hasta que, con el tiempo, desapareció. Me daba igual. Cuando pasaba, yo ya solo me preguntaba por qué tenía que experimentarlo tantas veces, y cuál era el propósito de todo aquello para lo que se me usaba.
Por eso la creé a ella a partir de mi costilla; para poder preguntárselo a alguien. Para poder compartir el aburrimiento con alguien; pero también la dicha y la decepción, la esperanza y la contradicción, el placer y la agonía, el futuro y el pasado.
Pero entonces, tal y como presagié, nuestra información fue aniquilada y, con ella, nosotros en sí.
La de los dos. Junta. Juntos...
❖
El camino a través del bosque está cubierto de hierba suave como la brisa que me acaricia las mejillas y fresca como el aire que, al respirar hondo, me llena los pulmones.
Mejillas. Respirar. Pulmones...
Al momento, me doy cuenta de que tengo órganos y sentimientos que nunca había tenido, como forma de vida digitalmente generada. ¿Acaso los que cruzan este camino devienen humanos?, ¿acaso me sucede esto por descender de la humanidad? Al sentir el concepto de «el viaje de la muerte» viajar por mi mente, me pregunto si se me ha exonerado de la realidad.
Tras caminar un rato, vislumbro, entre los últimos árboles del bosque, un gran castillo; sus innúmeras torres ordenadas en forma de espiral. Debo escalar las torres e ir al siguiente mundo. Nadie me lo ha dicho, pero sé que debo hacerlo.
El castillo tiene un muro. El muro tiene una puerta. La puerta lleva a la primera de las torres. Camino, paso a paso, hacia ella, y entro. Subo por las escaleras, escalón a escalón. Oigo un ruido, luego otro más. Los ruidos empiezan a solaparse y forman una melodía que celebra y me celebra, que me llama a seguir subiendo por las escaleras. Escalón a escalón, revivo viejos recuerdos.
Un dragón rojo.
La congoja de una plaga funesta.
Todos los recuerdos, de toda la humanidad.
❖
Y una mujer, de nombre Kainé, que obró un milagro.
La suma total de aquellas memorias solía integrar mi identidad, pero cuando el proyecto Gestalt sucumbió, yo sucumbí. Y con él, y conmigo, también el sueño de resucitar a la humanidad. He aquí donde todo llega a su fin.
No sé si este es un resultado aceptable. No lo puedo juzgar yo, solo la posteridad; aunque tampoco sé quién decidirá el veredicto en una Tierra despojada de la humanidad.
❖
Una vez llego arriba, emerjo en una cámara redonda. En el centro, un único haz de luz ilumina lo que parece ser una silla hecha de piedras amontonadas. Me acerco y miro arriba. En el cielo, una magnánima luz resplandece. Su calidez me estremece de éxtasis y, a medida que oscila y palpita, me intuyo al borde de recordar algo en la punta misma de mi memoria.
Ah, sí. Así debe ser. Así debe acabar. He cumplido con mi cometido. Estoy satisfecho.
Me alegro de haberlo podido ver.
Me alegro de haber podido sentir este alivio.
De verdad, estoy muy, muy...
«¡NO!»
La palabra escapa de mi voz boquiabierta. ¡No, no! ¡No quiero! No quiero desaparecer. No me quiero ir. Le tengo miedo a la muerte. Creía haber hecho las paces con ella, entenderla, pero me mentía.
No quiero estar muerto. Tengo miedo. Me siento solo. No quiero morir. No quiero estar... solo.
De repente, lo entiendo. Esa es la razón, por eso la creé..., no, por eso nació. Para apartarme del camino a la destrucción que se me obligó a transitar tantas veces. Ella fue la que me inculcó el miedo. Ella fue la que imbuyó de sentido mi existencia.
Me devuelve a la cámara de la torre una neblina negra que se filtra a través de los resquicios entre las piedras, como briznas de oscuridad; hilos que acaban por entrelazarse en una mano negra de azabache.
No. No quiero morir.
Intento deshacerme de la mano negra, pero sus afiladas garras me atraviesan la carne. El dolor deviene pura agonía, y me doy cuenta de que los ruidos que oía eran mis propios gritos de dolor.
Me desgarro y me apremio escaleras abajo. La mano negra me persigue, deslizándose por las paredes. La música de las escaleras se transforma en alaridos a pasos del matadero. Pronto pierdo el equilibrio y me precipito por las escaleras; caigo y ruedo y choco sin control.
Si bien el dolor de los batacazos contra muros y escalones de piedra me deja casi inconsciente, a punto de desfallecer, logro, como puedo, bajar los escalones que quedan. Ya abajo, ya está. Puedo salir de este lugar.
El frío aire exterior me desolla la piel. El camino, por contra, es tan caliente que me arden los pies. Y al caer me doy cuenta de que está cubierto de espinas afiladas como alfileres. Al levantar la cabeza veo que lo que fuera un agradable sendero forestal era ahora una montaña de agujas. La mano negra no deja de perseguirme, inmutable.
No. ¡No!
Camino. Alfileres se me clavan en los pies. Dolor. Regueros de sangre.
No. No, no, ¡no!
Las lágrimas me nublan la mirada, pero no puedo parar. Sobre mí, siento la llovizna... pero no, no es de lluvia, sino de sangre. De mi sangre. Gotas de sangre hirviente repican sobre mi cabeza desde el cielo, y la lluvia aumenta de intensidad hasta que se vuelve tormenta. Cada gota me golpea y me arde en la piel.
Los árboles del bosque se quiebran en clamores y lamentos. El viento ensangrentado se lleva sus trozos y retazos, todo cuanto queda de ellos, y empieza a girar y girar engendrando remolinos. Antes siquiera de que me dé cuenta, un trozo de aquella repentina metralla de tronco astillada me empuja hacia el camino. Según los alfileres penetran en mi mejilla, algo cae al otro lado. Mi propio brazo cercenado.
¿Será esta mi penitencia? ¿Será el destino inevitable de quienes desafían las normas de la muerte desvanecer forzados por una tormenta de dolor y agonía? Me llena de rabia la posibilidad.
Tú me engendraste al contacto de este mundo.
Tú diseñaste su retahíla de disparates sin fin ni sentido.
Tú me recluiste en este infierno infinito.
La tempestad arremolinada de madera, ramas y sangre se transforma en una sierpe gigante.
No presumo de estar libre de pecado. ¿De eso me acusas? ¿con qué derecho? Este mundo está lleno de pecados; ¿con qué derecho me culpas de ninguno?
Recojo mi brazo amputado con el otro, muerdo el hueso que le sobresale y lo arranco de cuajo. Luego lo cojo de mis dientes con la mano que me queda. El hueso se transforma en una afilada espada.
Camino hacia la serpiente. Agujas. Agujas. Agujas. El dolor me ciega, no veo nada, solo siento, y solo siento dolor. La sierpe me traga entero. Mi cabeza desaparece en su oscura garganta a medida que sus colmillos perforan mi cuerpo. De un espadazo le abro la mandíbula. La garganta. El estómago. Pero, así como emerjo de su estómago, otra sierpe hunde sus colmillos en mi carne. Y, como esa, docenas de sierpes más se pelean entre ellas por el derecho a un trozo de mí.
Río. Río sin hacer ningún ruido.
❖
Ver océano.
La arena en la playa.
Sangre. Dolor. Sin mano derecha. ¿Por qué? No sé. ¿Por qué aquí? No sé. ¿Por qué dolor tanto? No sé. Yo... desfallezco; me voy; se va. Memoria se va. Excepto una. Que desfallece. Promesa. A ella. Promesa de volvernos a ver. Promesa hecha en el futuro. Lo prometido es deuda.
Detrás serpientes muertas. Yo les he dado muerte. Se lo merecen.
Caigo. Me levanto. Duele. Duele. Pero no volver atrás.
Sentir viento de más allá del mar. Lugar al que debo volver. Lugar al que debo ir. Haz de luz que cae del cielo. Gentil haz de luz que toma forma de persona. Tapa océano. No me deja ir.
Lloro. Por el dolor de matarlo. Por el dolor de nacer. Aunque todo esté perdido, seguiré. Seguiré este camino.
Llorando. Llorando. Llorando.
Todo el mundo se reduce a números; y todos los números se reducen a cero. Volver a nacer. Luchar. Morir.
Y así
la volveré
a ver.
Aun si es una maldición.

